Punto Focal #02 – La cultura del descarte comienza cuando dejamos de ver

Los datos son indispensables. La dignidad exige preguntar qué historia, qué voz, y qué vínculo humano no alcanzamos a mirar.

El punto focal

Te invito a que imagines a una mujer que sale de su casa desde antes del amanecer.

Esta mujer puede aparecer en una base de datos como una trabajadora informal; en otra, como una cuidadora primaria no remunerada; en la encuesta de movilidad urbana, como usuaria de transporte público; en el registro territorial, como habitante de una zona insegura; y en un programa social, como una de sus beneficiarias.

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Cada una de estas categorías puede ser correcta, pero ninguna por sí sola, constituye lo que es ella en su totalidad.

Porque aquí quedan varias cosas aún sin resolver, y de las que no sabemos nada todavía: a quién cuida, cuál es su experiencia en sus traslados, qué es lo que sostiene su trabajo, qué decisión psopuso ante la realidad a la que se enfrenta, quién la escucha, o cuál es el futuro que intenta construir. Es muy cierto que las categorías permiten que el Estado vea patrones. Sin embargo, el problema comienza cuando estas categorías sustituyen al rostro, la historia, los vínculos humanos, las necesidades reales y la voz de las personas que se encuentran detrás de ellas.

Esta semana en Custodiar lo Humano, la invitación es a mirar y vincular. No se trata de abandonar la medición, ni de remplazar la evidencia y los datos por las emociones. Se trata más bien, de impedir que la abstracción se convierta en una vía para la indiferencia, y para invisibilizar a las personas que se encuentran detrás de los datos. En esto he estado insistiendo mucho, porque considero que es vital si queremos hacer las cosas verdaderamente de una forma distinta.

El dato dimensiona

En 2024, 162 millones de personas vivían en condiciones de pobreza monetaria en la región de América Latina, es decir, el 25.5% de la población. De acuerdo con la CEPAL (2025), fue el nivel más bajo de la serie comparable, pero continúa expresando una realidad de gran envergadura.

La distribución del ingreso revela a su vez otra capa dentro del contexto regional. Entre las personas de 15 a 59 años, menos del 40% de quienes tienen algún tipo de discapacidad, participaba en el mercado laboral, frente a cerca del 75% de ocupación por parte de las personas que no tenían ningún tipo de discapacidad (CEPAL, 2025). Esta brecha no desmuestra una diferencia de valor, talento o deseo de contribuir. Más bien, señala entornos, servicios y reglas que continúan excluyendo a las personas porque no han tenido la capacidad de responder a la altura de las necesidades y dignidad de todas las personas.

Si nos vamos a la cuestión de la seguridad, la tasa regional de homicidios se situó en 19.7 por cada 100,000 habitantes (UNDP, UNODC y OHCHR, 2026). Una tasa constituye una medida fundamental, pero también lo es, una familia que reorganiza sus horarios, una estudiante que decide cambiar de ruta para ir y regresar de la escuela, un negocio que cierra antes y una comunidad que aprende a vivir en medio del miedo y la desconfianza.

El dato dimensiona. No agota.

Cuando la categoría se vuelve destino

Seamos claros en algo: Gobernar exige clasificar. Para poder asignar los recursos, antes hay que definir poblaciones, territorios, niveles de ingreso, riesgos y resultados obtenidos. Aquí la categoría se convierte en una herramienta legítima; sin embargo, el problema aparece cuando esta categoría deja de ser algo provisional, para pasar a convertirse en una identidad total de las personas que están detrás de las mismas.

“Pobre”, “vulnerable”, “víctima”, “migrante”, “persona con discapacidad” o “beneficiaria” puden describir una condición relevante a la hora de tomar decisiones públicas. Pero también pueden encerrar a una persona en aquello que le falta o en aquello que le ocurrió, cuando nuestra premisa clave aquí es: “El todo es superior a la parte”.

La cultura del descarte rara vez comienza con una declaración explícita de que una vida no vale. Con frecuencia avanza más bien, mediante decisiones más silenciosas: un horario imposible para quien cuida, un trámite inaccesible, una ruta insegura, un lenguaje que nadie entiende, una consulta realizada cuando todo está decidido o una estadística que no pregunta quién desaparece del promedio, entre muchas otras más.

Se deja de ver antes de dejar de cuidar.

Evidencia y relato: una falsa elección

En la conversación pública, usualmente se plantea una oposición entre datos o historias, que resulta una muy mala alternativa, y ahondaré en los por qués de ello.

Sin evidencia, una historia puede conmover sí, pero sin mostrar la escala, las causas, ni la distribución de problema, con lo que la historia se queda incompleta o hueca de algún modo. Mientras que sin historias y sin participación, una cifra puede adquirir cierta autoridad, al mismo tiempo que pierde contacto con la experiencia real de lo que pretende describir.

Necesitamos de ambas cosas, pero con funciones distintas entre ellas.

Por un lado, los datos nos permiten comparar, detectar patrones, evaluar los resultados y exigir responsabilidades; por el otro, las historias nos permiten comprender secuencias, decisiones, vínculos, experiencias y consecuencias que una variable o un dato no logran capturar por sí mismos. Finalmente, la participación añade algo todavía más importante: la posibilidad de reconocer que quienes viven el problema no son una materia prima para desarrollar una narrativa, sino más bien, que se trata de sujetos capaces de interpretar y construir la respuesta a través de su propia experiencia.

Así que la pregunta aquí no se trata de cómo hacemos que una cifra sea más emotiva, sino de cómo impedinos que la precisión técnica borre a la persona, para que realmente esté al centro de las decisiones públicas.

Vulnerabilidad no significa pasividad

Nombrar una vulnerabilidad resulta necesario para proteger los derechos, pero si sólo nos quedamos en la descripción de las carencias, terminamos produciendo una imagen incompleta.

Las personas organizan responsabilidades de cuidados, sostienen economías, crean redes, aprenden, negocian, resisten y proponen. Aún en condiciones críticas, siguen conservando su capacidad de actuar. Una política pública verdaderamente humana reconoce las necesidades de la persona sin convertirlas en una identidad única.

Esto necesariamente cambia la forma en que diseñamos y el propio diseño de las políticas públicas, porque ya no basta con preguntar qué beneficio se debe entregar a las personas, sino que se vuelve necesario preguntar también qué capacidad se fortalece, qué vínculos reconstruye, qué y cuánto tiempo libera, qué decisiones devuelve, y quién participa en su evaluación.

El esquema de cuidados ofrece un ejemplo especialmente claro para todo lo que he estado virtiendo por aquí. Cuando los cuidados se abordan como un asunto privado, el costo queda oculto en los hogares y recae de manera absolutamente desproporcionada en las mujeres (y a modo de paréntesis y nota muy personal aquí llevamos siglos perdiéndonos la riqueza que lo masculino tiene que aportar desde su especificidad).

Cuando estos son reconocidos como una responsabilidad social y política, aparecen servicios, derechos, corresponsabilidad y nuevas posibilidades para el ejercicio de la autonomía.

Mirar y vincular significa tener la capacidad de hacer visibles esas conexiones.

Porque si no, estamos dejando de ver la fotografía completa, y nos estamos empecinando con hacer pasar una parte del todo como el razgo característico e identitario de lo que queremos solucionar.

Cinco preguntas para enfocar

Frente a una política pública, una agenda pública o una estrategia institucional, propongo que entonces nos detengamos en estas cinco preguntas:

  1. ¿A quién deja fuera? Ya quedamos ciertos en que toda definición de política pública incluye y excluye. Conviene, entonces, nombrar a quienes no aparecen en el promedio o no cumplen el requisito diseñado.

  2. ¿Qué barrera reproduce? La exclusión normalmente suele tener una forma concreta: un horario, un costo, una distancia, un trámite, un lenguaje, inaccesibilidad, una necesidad de cuidado, violencia o discriminación.

  3. ¿Quién participa en la respuesta al problema? Consultar hasta el final del proceso no equivale de ninguna manera a incorporar la experiencia en el diagnóstico, el diseño y la evaluación.

  4. ¿Qué capacidad o vínculo fortalece? Una respuesta humana no sólo compensa una carencia; sino que permite ampliar la capacidad de agencia y la posibilidad de decidir de las personas.

  5. ¿Cómo cambia la vida cotidiana? Todo indicador que se utilice debe de poder ser traducido a cuestiones como el tiempo, la movilidad, la seguridad, el ingreso, la necesidad/responsabilidad de cuidados, la pertenencia, la posibilidad de constuir a futuro, etc.

Estas no son preguntas emotivas, que suenan muy bonito, pero que en los hechos parecería que no resuelven nada. Al contrario, constituyen preguntas de calidad institucional que transforman por completo la forma en la que entendemos y construímos políticas públicas, la agenda pública y a las instituciones.

Para cerrar

Quisiera que regresemos a la mujer de la que hablaba al inicio de esta edición de Punto Focal.

Si juntamos las bases de datos en las que aparece, quizá tengamos más nociones sobre la condición en la que vive. Pero si, por un lado, escuchamos su experiencia, podremos entender cómo es que esa condición se relaciona con las distintas realidades que experimenta. Y por otro lado, si participa en la respuesta a sus problemas, tal vez logremos dejar de diseñar para una categoría y entonces sí comencemos a construir con una persona concreta en mente.

Porque Custodiar lo Humano no se trata de rechazar la complejidad del mundo y de la experiencia humana. Más bien, pretende entrar en esa realidad con una brújula que nos permita avanzar con claridad y altura de miras, dejando en claro que: ninguna condición cancela la dignidad; ninguna cifra agota una vida; ninguna política es verdaderamente pública si las personas sólo aparecen al final.

Esta semana quiero dejarte una pregunta: ¿Qué necesita volver a aparecer en la conversación que estás teniendo sobre estas cuestiones?

Si esta edición puede ayudar a otra persona a mirar mejor, te invito a que se la compartas. Y si quieres continuar la conversación, no dudes en responder a este correo, aquí te dejo otra pregunta para alentar la conversación: ¿Qué categoría te resulta útil, y al mismo tiempo, peligrosa cuando esta se convierte en identidad?.

¡Gracias por leerme!

Aurora Espina

No es sobre las ideas. Es sobre cómo hacer que las ideas transformen el mundo.

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Fuentes y aprendizajes

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